Un lugar donde el agua llega con sed

ÉL: ¿Dónde vives?

Yo: …Lejos

ÉL: ¿Dónde es lejos?

Yo: muy muy lejos…más allá de Narnia

(Risas)

Él: Si es más allá de Narnia es muy lejos … (silencio)

Seguro que es un lugar donde el agua llega con sed!

Yo: Sí…claro…seguro (pausa larga) yo vivo en un lugar donde el agua llega con sed. Que lastima.

Mis últimas palabras tuvieron la fuerza suficiente para reclinarme con rapidez sobre un gran sofá. Seguro que no era grande por gusto del dueño, sino porque desde antemano había sido preparado para resistir el peso de mis reflexiones.

Mientras jugaba a comparar el lugar donde vivo o por lo menos su distancia, con la de un lugar fantastico como Narnia, una amigable voz aterrizo mis reflexiones; cuando creía que el lugar donde vivo era lo suficientemente lejano, por lo menos para que algunas de sus zonas sean consideradas existentes, no porque no existan sino porque en ellas reina la ley de nadie, la profundidad de una frase se hizo larga entre mis memorias y le atinó al corazón.

Imaginé que mientras Él decía “u  n    l u g a r    d o n d e    e l    a g u a    l l e g a     c o n    s e d ”  las palabras se hacían lentas y largas, no porque fuera una broma de mal gusto o un comentario salido de tono. Por el contrario, sus palabras me hicieron pensar que mientras miles claman y oran otros tantos crecen alejados de toda posibilidad o espacios donde se siembre el amor. Cuando pensé en el agua me imaginaba las cañerías y los barrios de mi localidad, como Bilbao  que seguramente saben más sobre cortes de agua que de purificación de la misma.

Pero para comprenderlo mejor dejeme entonces contarle como es el lugar donde vivo:

En una localidad como suba, todo es grande, largo y distante. Es de esas zonas donde pocos se animan a ir a menos que la conozcan. Mi barrio no es el más feo, seguro que los hay más conflictivos, aun así es la punta de un iceberg social que espero se descongele algún día.

Como todo barrio hay un parque y al rededor casas de familias, familias de amigos, de vecinos y de gente trabajadora. Es un barrio que como en un cuento de hadas se transforma en las noches. Como todo barrio hay un parque donde se consume droga o se juega un picado de micro y al rededor hay casas de jíbaros, ladrones y bares para pasar el rato.

No creo que viva en el peor lugar del mundo, por el contrario, cada vez que cruzo las calles pienso que cada cuadra y yo guardamos como tesoro las memorias de los viejos estudiantes que aunque lucharon con las uñas del alma por tener una vida diferente no tuvieron más oportunidad que la droga; atesoro tambien los recuerdos de las calles que se comieron a mis amigos y los bajaron de peso entre un par de vicios, mientras sus jíbaras traficaban drogas entre los pañales de sus nietos y vendian sus hijas a los policias.

Recuerdo tambien el caracter de las niñas que debían ser mujeres formadas para guerrearse la vida entre las pandillas y los suicidios o formadas para astutamente embarazar al amor de su vida (que las sacaria de esos hogares llenos de violencia); me quedan tambien los sonidos de las persecuciones a la madrugada y las famosas limpiezas sociales que enganchaban sin querer a los hijos de las familias trabajadoras que no tenian  tiempo para sus hijos.

Pienso tambien en el lado tierno, hogares que para no dale espacio a las malas compañías, educaban a sus hijas en colegios de monjas. Hogares que al final se ocupaban muy bien de su educación, pero desconocían que de 10 niñas 7 habían sufrido de algún tipo de abuso. Hogares que perdieron a sus padres y esposos mientras trabajaban o a sus hijos mientras dormían.

Así, el lugar donde vivo creó maneras, formas de subsistir y de salir adelante por amor, amor a los más pequeños, amor a los que quedaban, amor a los que se fueron. Recuerdo las tardes de freestyle para sacar del alma lo que no nos gustaba o para cantarles a esos chicos la esperanza, una que alguna vez alguien me había presentado como Dios. Este lugar se inventaba tambien ferias familiares y escuelas deportivas, donde los chicos en lugar de sudar el frio de las drogas sudaban el esfuerzo por ser diferentes.

Por alguna extraña razón siempre tuve una inmunidad, en su momento era ser la hija de la profesora, esa que se envalentonaba para educar al hijo de la jíbara porque claramente no lo iba dejar sin estudiar y en la calle; esa que le daba consejería a las mamitas que llegaban desplazadas, con hijos a cuestas, literalmente porque cargaban con el peso de un abuso o la nostalgia de un padre sicario  que yacía muerto en alguna ciudad.

Una inmunidad que con el paso del tiempo me hizo ajena a las acciones, pero no a los recuerdos. Una inmunidad llamada Dios. No hay día en el que pase por estas calles sin pensar la razón por la cual la vida me puso en este lugar. Para llegar aqui puedo tomar transmilenio, sin embargo el bus me lleva por lugares ocultos que con fuerza me recuerdan el empujón inicial de la silla en la casa de mi amigo.

Este es un lugar donde el agua llega con sed, sed del al alma y del espíritu, porque aunque hay obras, hay desarrollo, hay cultura, hay educación, hay transformación, no hay mucho de Dios. Estoy aqui para recordarle a mis amigas que se puede soñar en grande, que se puede pensar en construir país desde abajo y desde arriba, desde el lado donde la vida te puso. Siempre se puede de la mano de Dios, esa mano que es el agua de vida.

No creo en Dios con el estilo sicario, porque no le pido milagros a una virgen. Creo en un Dios vivo y poderoso capaz de sembrar agua en los lugares desiertos, creo en un Dios que me ama tanto, que me dio conciencia para escribir sobre los lugares ocultos y levantar la voz de la esperanza. Creo en la vida, en el agua y en el camino llamado Jesús.

Ahora si puedo decir que veo donde vivo, y al parecer no es tan lejos. Es solamente un punto antes de Narnia que reclama justicia. Este es el lugar donde crecí, por el que debería clamar todos los días y donde pude caminar tranquila con el amor de mi vida.

No importa cuantos volcanes hagan erupción, si tu me tomas la mano caminaremos despacio y nada nos lastimará.

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